
Lo de “Harry Potter”, como fue bautizada por sus propios
compañeros, no es porque sea una jugadora a la que se denominaría “mágica”, sino por sus anteojos
redondos y chiquitos, que la hacen parecerse bastante al ícono adolescente. En la mesa, deja a
los espectadores boquiabiertos pero no tanto por asombro sino como por bostezos.
Amy, como la
llaman sus compañeros (los que prefieren no decirle Harry), tiene un estilo de juego poco
ortodoxo. Utiliza una goma de puntos cortos en el drive, y una de puntos largos en el
revés. Intenta siempre quedarse bien pegada a la mesa, pasando tantas pelotas como sea
posible, sobre todo con el revés, tratando de crear buenos ángulos y atacando con el drive si la
oportunidad es propicia.
En síntesis, su juego podría caracterizarse más por la eficacia que por
el virtuosismo. Sus principales armas son la voluntad, la paciencia y la inteligencia táctica,
que suplen con creces la falta de tiros deslumbrantes y de jugadas ostentosas.
Amelie dio el gran
golpe el año pasado, cuando derrotó en los cuartos de final del Campeonato Mundial Sub-18 en Palo
Alto a Li Xiaodan, la primera paleta de China, haciéndose acreedora de la medalla de bronce.
Este
año en Madrid repitió la hazaña de ser la única jugadora no asiática en llevarse una medalla en el
evento individual del Campeonato Mundial Juvenil, y hasta fue un paso más allá, alcanzando la gran
final luego de derrotar en un maratónico partido (en el cual perdía por 2 sets a 0) a Ayuka Tanioka
de Japón.
Si el Ranking Mundial nos muestra que la primera jugadora no asiática la podemos
encontrar recién en el puesto 25 del escalafón, los triunfos de Amelie deben ser celebrados como la
esperanza de romper con una hegemonía que amenaza con destruir lo bello y lo atractivo (que también
es lo comercial) de nuestro deporte.
Y precisamente es el anti-marketing en esta ocasión que sale
en defensa de lo bello. Porque Amelie, con su juego repetitivo y su voluntad inquebrantable,
no atraerá a las cadenas de televisión, ni a los sponsors, ni a los espectadores.
Luego de ganar
su partido de cuartos de final, este año, Amelie declaró: “Nunca había pensado que podría ganar una
medalla de nuevo. Ahora estoy en las semifinales y muy feliz por eso.”
Ella no creía que
podría repetir el éxito del año pasado. ¿Y por qué habría de hacerlo? Si el mundo le
manda constantemente señales de que para triunfar debe cambiar, debe transformarse en algo más
“vendible”.
Luego de su consagración en Palo Alto el año pasado, Solja debió cambiar su goma de
puntos largos debido a las nuevas reglas de la ITTF. Esas reglas que, como la de agrandar la
pelotita o evitar que se esconda el saque, tienen como fin hacer el tenis de mesa más atractivo para
la difusión masiva.
La hermana menor de Amelie, zurda y con un juego más vistoso, ha recibido
gran reconocimiento y ha sido catalogada como uno de los grandes prospectos del tenis de mesa
europeo, aún por encima de su hermana. Nadie objeta que la pequeña Petrissa sea poseedora de
un gran talento, pero aún debe demostrarlo. Sin embargo, por su mayor desenvoltura y atractivo
ha despertado tanta o más atención que la doble medallista mundial.
Muchos entrenadores
opinan que el juego de Amelie (y de muchos otros jugadores de similares características) a la larga
no da resultado. Que cuando enfrente a contrincantes más grandes y con mayor potencia no podrá
derrotarlas. Puede ser que esto sea así. O puede que no. Habrá que esperar para
ver.
Por lo pronto Solja logró, gracias a su perseverancia y trabajo duro, superarse a sí misma y
posicionarse por segundo año consecutivo entre las mejores jugadoras juveniles del mundo.
Y lo
más importante de esto es que, como lo expresó luego de ganar su partido de cuartos de final, es
feliz. ¿Qué importa si no triunfa en el futuro? ¿Qué importa si con su estilo de juego
no logra ser campeona mundial de mayores?
Quizás sea hora de valorar el presente en vez de
anhelar un futuro que quizás nunca ha de llegar. ¿Quién le quitará a Amelie la felicidad que
sintió cuando ganó ese partido? ¿Cuántas chicas de 18 años pueden decir que son sub-campeonas
mundiales? ¿Acaso eso no es suficiente?
Y todo esto lo ha conseguido siendo ella
misma. Yo tuve la oportunidad de ver jugar a Amelie en una etapa del Circuito Mundial Juvenil
en España, en el año 2006. Una vez concluido el torneo, en la fiesta de despedida, mientras
las mismas jugadoras que deslumbraban con topspins en la mesa hacían lo propio con el movimiento de
sus caderas en la pista de baile, Amelie observaba, analítica y pensativa como en el juego, sentada
en una silla de por ahí.
Cada uno tiene una identidad. Se vive como se juega, y
viceversa. A un jugador se le pueden enseñar fundamentos técnicos, se le puede instruir sobre
la táctica y hasta trabajar juntos el aspecto psicológico. Pero nunca se le puede pedir que
sea alguien que no es. Que juegue distinto a como siente el juego. Cuando un jugador
pierde su identidad, lo pierde todo.
Cuántos talentos (cuántas Amelies) nos perdemos todos,
Argentina y el tenis de mesa, por no ser ortodoxos, por no arrancar rugidos de los espectadores, por
no ser comercializables. Cuántos chicos dejan de jugar al pingpong por querer introducirlos a
la fuerza en una máquina de hacer jugadores en masa, todos iguales.
Por querer que un jugador
triunfe de grande, a veces impedimos que disfrute de chico. Démosle todo nuestro apoyo a esos
chicos y chicas que disfrutan con el tenis de mesa, para ayudarlos a que se conviertan en grandes
campeones. No queramos fabricar campeones a costa de la diversidad y la diversión
infantil. Veamos esta diversidad como una oportunidad a capitalizar, no como un vicio a
destruir.
Quizás, si lo hacemos bien y tenemos suerte, contribuiremos a descubrir e impulsar más
jugadores como Amelie Solja. Por eso Amelie, independientemente de lo que te depare tu futuro,
ya sea este en el tenis de mesa o en algún otro ámbito de la vida, nadie te sacará la felicidad de
esos momentos, siempre vas a ser una sub-campeona mundial. Al fin de cuentas, ¿quién te quita
lo bailado?